sábado, 30 de abril de 2011

viernes, 29 de abril de 2011

El cara a cara con mi dragón





“No sé si fueron mis propios rizos, o la noche, o la almohada la que me sirvió  de contertulio,  ya que el instante preciso en que tomé las riendas del asunto quedó algo difuminado en mi memoria, pero al fin y al cabo solo era cuestión de quitarme ese molesto tatuaje de dragón que  M  había dibujado en mi piel.


Y  una vez que di con esa solución tan simple traté de quedarme despierta para averiguar si el sujeto no se había olido algo y no montaría alguna estrategia por su cuenta. A estas alturas ya nunca sabré si el dragón, mi dragón llegó a sospechar que llegaría el fin de sus días, pero esa noche le sorprendí haciendo algo inédito. Como siempre se sentó en la silla mullida de piel que le había sustraído a  M  ignorando mis protestas. Como siempre encendió la tele, cambió cuatro veces de canal, bostezó, se tomó una taza de chocolate, sacó el antiguo proyector de películas y  puso invariablemente dibujos animados japoneses. Esto ya me lo conocía. Lo extraño fue que esa noche no fue él el que se quedó dormido antes que yo, sino que al acabar de ver la película, empezó a comérsela. Literalmente, como si fuera un largo tagliatelle italiano, succionando y relamiéndose, arrojando un revoltijo de  babas y llamas rojizas que salían de la salsa de tomate de su cena  y el ruido que producía  era tan enloquecedor que cualquiera conciliaba el sueño. En fin, otra manera más de llamar la atención, pensé,  no era la primera vez que se inventaba artilugios para sacarme de quicio. ¡Y vaya si lo conseguía! Bajo el compromiso del pacto que había hecho con M  de quedarse pegado a mi epidermis a largo plazo, siempre se tomaba libertades para actuar, aunque eso fue algo que descubrí bastante más tarde. Y llegado a este punto de la historia, conviene explicarte, al menos por encima, como empezó todo.

La noche que nació debajo de los dedos de  M me acobardé y no quise mirarlo de frente. Y él se negó salir a la primera. Le costaba acostumbrarse a mi piel y a modo de venganza empezó a hacerse el interesante y a provocarme cosquillas. Eso que dicen que duele horrores, no me pasó a mí. ¡Qué va!  Pero también hay que tener en cuenta que M  es un profesional y no me generó ningún conflicto al tenderme como una manta vieja de cuadros y a la que alguien se dispone un día a zurcir con tacto, con aguja e hilo y en la medida perfecta. Cerré los ojos y viví ese nacimiento a través de la voz de M   que me iba contando uno por uno todos los trazos que iba diseñando, huecos que iba rellenando, a la derecha, arriba del pezón, bajando en las curvas.  Ya está una ala, dos minutos y acabo. ¡No! ¡Esto no me gusta! Ahora sí.  ¡Es perfecto!¡Y está vivo!!!  A M le gustó tanto que enseguida lo quiso probar en su propia piel y se pegó a la mía  para apreciar la textura real de aquel  revestimiento de escamas plateadas y el aleteo de principiante de mi dragón.
De vuelta a casa al día siguiente, me encerré  en mi habitación, excitada como a punto de desenvolver un regalo, me desnudé delante del espejo y apenas en ese momento decidí abrir los ojos después de casi 36 horas de mantenerlos cerrados. Allí nos vimos cara a cara por primera vez. El reflejo me devolvió un majestuoso dragón que cubría toda una amplia  área de mi pecho. Nos miramos un buen rato, intentando hacernos  a la idea de que íbamos a estar muy pegados uno al otro, pero todo encajaba a la perfección y a ninguno de los dos pareció importarle la distancia cero que nos separaba.
 He de admitir que fuimos felices durante un tiempo, mi dragón y yo. M  nos telefoneaba de tanto en tanto, al principio bastante preocupado por mi estado ya que pocas veces se había atrevido hacer tatuajes en zonas tan extensas y en pieles tan sensibles como la mía. Les siguieron comprobaciones rutinarias en las que yo procuraba darle el máximo de detalles posibles, y mayormente se trataba de datos técnicos, por si se le había caído alguna escama, si solía disfrutar de la ducha, las veces que comía helado de chocolate o prefería matar moscas para aquietar las revueltas de las tripas…Habían matices de convivencia diaria que guardaba por no presentar demasiado interés; Por ejemplo que, de tanto en tanto y supuestamente a modo de juego se ponía a silbar y de repente me veía envuelta en llamas, de cómo a veces  tarareaba fragmentos de Gardel  en tonos agudos y frecuencias bajas y sonando más bien a contrabajo desafinado, u otras veces se empeñaba en ir al cine a ver “Los 300” o “El ocaso del samurái” y si no le hacía caso se montaba su propia lucha, con armas inconcebibles y adversarios imaginarios, o de cómo en ocasiones me arrastraba hasta la ventana buscando el País de Nunca Jamás y esos día me tocaba  leerle Benedetti hasta la saciedad y encima había que calmarle los sollozos poniéndome la más suave camiseta de algodón. Volar, lo que se dice volar, se le ocurría solo de tanto en tanto, arrancaba con lentitud las noches que estaba tan cansada que me empeñaba en no hacerle caso y me sumergía entre sábanas.  Como lo sabía, me preguntarás.… Porque esas noches era cuando me sentía liviana, pesaba un dragón menos y empezaba a levitar a ritmo de copo de nieve, pero hacía arriba. Muy a mi pesar no era suficientemente consciente,  ya que había traspasado a los  niveles  de sueño más profundos donde ni siquiera Freud hubiera podido descifrar algo nítido y por lo tanto no llegaba a disfrutarlo.
Hasta la noche que, al salir de la ducha y mientras me secaba con la toalla,  lo vi bastante más barrigudo, signo de prosperidad y de que era consciente del territorio y los bienes que tenía en posesión, y fue entonces la primera vez que me percaté de lo que llegaba a pesar, entendí que la mayoría de las veces que no podía respirar o que me atragantaba con la comida no se debía a causas inexplicables, sino a que mi dragón había ganado considerablemente en volumen. Decididamente tenía que acabar con él.

Así que me cogí la mañana libre por asuntos personales. Tenía que actuar con mucho cuidado para que nadie se enterase de mis propósitos y menos el sujeto a tratar ya que conocía el nivel de inteligencia alienígena que poseía y difícilmente lo podía engañar. Pero también jugaba con la ventaja de conocerlo como si fuera mi propia piel (que cosas digo!) y opté por proponerle algo que sabía que le volvía loco: un baño caliente. Intenté actuar dentro del  ritual habitual de las épocas felices, llené la bañera de agua y sales y me aseguré de que se formara suficiente espuma, le encantaba, aparte de las cosquillas, quedar entero disfrazado de blanco. Curiosamente no puso pega ninguna, el agua le parecía perfecta y olía a su favorito jabón de vainilla. Estaba plenamente envuelto en burbujas cuando empecé a quitarme la piel. Comencé por debajo de la barbilla donde había un pliegue que me daba suficiente margen y lentamente, muy lentamente, seguí deslizando todo el recubrimiento de piel de mi cuerpo hacia los pies como si fuera un calcetín. En ese estado de absoluta desnudez salí de la bañera y cogí los cinco botes de blanqueador que tenía preparados y los eché adentro a toda prisa, antes de darme la oportunidad de pensármelo dos veces o de que la conciencia cobrase voz propia y me jugara alguna mala pasada. Abandoné el cuarto de baño y cerré la puerta detrás de mí. Sabía con certeza que aquello necesitaba un buen remojo y no tenía ni la más mínima intención de medir el tiempo, así que me tumbé en la cama y me tapé hasta arriba, al fin y al cabo con algo me tenía que recubrir. El dormir no iba a ser un modo de hacer pasar las horas, era una necesidad que mi cuerpo y cerebro  exigían y creo que no hace falta explicarte porqué.
Cuando me desperté, de manera casi automática, sentí más frio de lo habitual y un pensamiento implícito me invadió la cabeza. Me deslicé descalza y temblorosa por el pasillo hasta el cuarto de baño, pero me detuve en seco delante de la puerta y conté hasta tres. Luego hasta 10. Después hasta cien. Cabía la posibilidad de encontrar vestigios de un campo de batalla del otro lado, pero me tranquilizó recordar que las desapariciones suelen ser silenciosas y  por lo tanto no había motivos para vacilar delante de una puerta cerrada. La claridad del razonamiento se debía en gran parte a unas benditas enteras horas de sueño y acto seguido abrí decididamente.
Allí estaba. Una bañera llena de agua en calma, sin rasgo de espumas o geles de baño, con un penetrante olor a limpio en el fondo de la que yacía quieto un tejido plisado, de un blanco casi transparente.
He de confesar que no fue nada fácil volver a ponerme la piel, sobre todo porque no tenía experiencia previa, pero también porque la física y sus leyes habían hecho inevitablemente su labor y mi epidermis había encogido como cualquier otra fibra de origen natural. Detalle insignificante. Me pasaba lo mismo con los tejanos y luego volvían a su tamaño habitual. Me senté encima de la tapa del wáter y bendije en voz alta las ventajas de los productos de limpieza de hoy en día, pero me levanté velozmente, era el sitio donde curiosamente me daba por pensar. Y no tenía tiempo para ello. Estarás de acuerdo conmigo que el día que te compras el vestido nuevo para el que has estado ahorrando meses y meses, no piensas en otra cosa que salir a la calle para estrenarlo. Lo mismo me pasaba a mí. Y hay que admitir que no todos los días una estrena una piel nueva, de hecho no recuerdo a ninguna amiga que me lo haya contado pero  curiosamente las mujeres solemos ocultar estos pequeños trucos de estética. Puestos a reconocer, yo tampoco voy por allí contando a cualquiera porque me echo cantidades exorbitantes de cremas de protección solar.”

En fin, como te parecía raro ver aparecer todas estas finísimas escamas plateadas saliendo por el desagüe…

 ¿Tomamos otro café?

lunes, 25 de abril de 2011

Un poco más de lo mismo

Hace un par de semanas descubrí que de este lado de la frontera las acacias cambian de color...
Pero también se dejan fotografiar.

Me caigo de sueño...


Luz y sombras


Yo también tengo raíces...

jueves, 21 de abril de 2011

Au inebunit salcamii

Luz en mi mano
Mayo 2009 - Rumania



Las acacias se han vuelto locas de tanta primavera. 
 Andan desnudas por los cielos
 Con toda el alma fuera.

                            ****
¿No ves que se me salta el alma?
En caóticas palabras,
Las acacias se han vuelto locas...

¿Cómo me estaré quieto?...


Palabras que no me pertenecen.  Yo soy sólo una humilde enamorada de una voz, unos versos y una presencia entre mis raíces que se llama Tudor Gheorghe. He intentado traducir un fragmento de lo que viene a ser la poesía de esta canción escrita por Arhip Cibotariu. 


 Es prácticamente  imposible estar a la altura del original que impresiona precisamente por su sencillez, por eso, Maestro, desde esta lejanía y pequeñez, pido mil disculpas por mi osadía. 
Pero es una de las cosas  que quiero compartir con vosotros.
Difícilmente se puede llegar a degustar la esencia de esta canción si no se ha vivido en esa tierra llena de cuento y folclore tan rico. Aún así, me atrevo a Invitaros, desde ese lado de la frontera, escarbando dentro de mi alma y mis recuerdos, afilando las palabras en mi este otro idioma.
La acacia es el “salcam” en rumano. Es un árbol de primavera, que desprende un perfume muy intenso, de sus flores blancas nace una de las mejores mieles de mi tierra: la miel de mayo. Pero además es el árbol del amor en los grandes clásicos de la literatura y poesía rumana, junto con el tilo. 


Tudor Gheorghe, un enamorado del amor, de la naturaleza, del folclore, de la lengua y sus raíces, no podía no coger este motivo y no colgarlo en un pentagrama en forma de notas musicales.
Os dejo en compañía de esta voz que, cuando se abre, abre los corazones de un país entero.
Remarco la nota de la risa final: “¿Cómo me estaré quieto?"….
Título original: “Au inebunit salcamii”- “Las acacias se han vuelto locas”




martes, 19 de abril de 2011

Erase una vez en ....Semana Santa....

...Tengo 7 años y miro de nuevo encima de la vieja máquina de coser Singer. Allí está mi nuevo vestido  azul a medio hacer.  Sé  que lo voy a tener listo justo para el Domingo, mi madre tiene un duendecillo en la punta de los dedos y siempre acaba a tiempo.
 Saco del armario los zapatos negros de charol para ponérmelos por casa y así hacerlos a mis pies. No sé cómo, pero todos los años me rozan cuando los estreno. Me quedan grandes, pero me tengo que conformar. Abuela siempre dice que mejor grandes, así me duran todo el año. Me las apaño con un poco de algodón en la punta.  
 El Viernes por la mañana es cuando Abuela me lleva a la Iglesia y allí, viejos y niños nos arrodillamos y todos, uno detrás de otro pasamos en silencio por debajo de la Mesa. Tres veces. Me encanta  este juego, Abuela dice que así nos limpiamos de pecados pero yo no entiendo nada de todo esto.
Si entiendo que es fiesta y para mi es cuando empieza la primavera.
La casa huele a limpio, el horno a pan y azúcar y  yo huelo a Nuevo.

Pasados los años empecé  a  comprender….

Era la época del comunismo en Rumania y la Resurrección de Cristo era un secreto conocido y compartido por todos. La prensa no lo mencionaba siquiera y el calendario religioso era la única fuente de información sobre la fecha. En realidad no existía una único “Paste” (Pascua) para todo el mundo.

Los miembros del Partido lo celebraban en círculo privado, su presencia en cualquier Iglesia era prácticamente inconcebible. Sin embargo la gente simple no tenía ningún problema en reunirse e ir a las iglesias, salir de casas el domingo de resurrección, vestidos de fiesta.
Nadie tenía vacaciones o días libres en Semana Santa, ni siquiera los niños. Sin embargo acostumbraban mantener a toda la población ocupada en variedad de concursos artísticos (Cantarea Romaniei-festival nacional de recitales, coros y poesía dedicados a Ceausescu- El Hijo de la Nación ), competiciones deportivas o “trabajos patrióticos”.
En algunas ocasiones, los directores de escuelas perseguían a los alumnos que iban a la Misa de resurrección y eso tenía repercusiones en las notas y evaluaciones de los mismos.
Y curiosamente, sobre todo a partir de los años ´80 cuando empezó un reforzamiento notable de la propaganda del Partido Comunista, en Semana Santa eran las únicas noches que podíamos disfrutar de películas “como dios manda”- recuerdo de esa época - “Luz de gas” con Ingrid Bergman.
De hecho no tan curiosamente, puesto que las misas más importantes en la religión cristiano- ortodoxa son de noche: El Jueves, El Viernes y  El Sábado Santo.

Pero como de la época del comunismo ya hablaré en otros momentos, os voy a explicar por ahora algunas tradiciones de mi pueblo en Semana Santa.


El Jueves Santo, también llamado el Jueves Grande, la gente lleva a la iglesia comida y bebida para que sea bendecida y para dar limosna por el alma de los familiares muertos. También es el día que se cuecen y se pintan los huevos. El símbolo de los huevos pintados (inicialmente de rojo, pero a raíz de ello hay toda una tradición y artesanía) viene de los dolores y flagelaciones de Cristo, y dice la leyenda que el día que lo golpearon con piedras, estas cayeron al suelo en forma de huevos rojos.

El Viernes Santo es el día que la gente lleva flores a la Iglesia y pasa tres veces por debajo de la Mesa Santa, símbolo del difícil y agotador andar de Cristo llevando la cruz a su espalda. Este día muchos de los cristianos mantienen ayuno completo, sin comida ni agua, por eso el viernes santo se llama también el viernes seco. La tradición dice que si este día llueve, el año será fructífero y abundante, si no, será seco y pobre en cosechas.



Todos estos días, por costumbre y como símbolo de renacimiento,  las mujeres se dedican a limpiar a fondo casa, patio y jardines,  sobre todo en los pueblos.
La noche de Sábado Santo a Domingo, todo el mundo va a la iglesia para presenciar la resurrección y para recibir luz.
La Catedral de Alexandria- Ciudad de mi infancia
Justo antes de la media noche, la iglesia se queda en completa oscuridad y los creyentes llevan en la mano una vela apagada. El sacerdote toma luz de la vela del Santo Santuario  y  la comparte con los fieles diciendo tres veces:” Vengan a recibir la luz”. De una a una se van encendiendo las velas y van repartiendo la luz Santa, que luego llevan a su hogar, para tener luz en el alma y en la vida durante todo el año.




El Domingo de Resurrección, la costumbre es que la gente use ropa nueva, símbolo del saneamiento o purificación del alma y cuerpo, y en algunas zonas rurales lavarse la cara con el agua fría de un recipiente donde previamente habrán sumergido un huevo pintado de rojo y una moneda de plata.
Así, siguiendo la tradición, tendrán las mejillas rojas, símbolo de salud y fortaleza y van a tener dinero en abundancia.

Pascua es la fiesta cristiana más importante del año, la resurrección de Cristo y su victoria sobre la muerte es la ocasión de la reconciliación entre la gente y cuando todos los pecados se perdonan y el que toda la familia se reúna alrededor de la mesa el Domingo, es una expresión más de esta unión.
Tradicionalmente se come cordero asado acompañado de ensalada de lechuga, cebolleta fresca y rabanitos y de postre cozonac, un pan dulce (parecido al panettone italiano) relleno de queso fresco azucarado o una pasta de cacao, nueces y pasas.





'La pintura de huevos, es una tradición cuyas origines datan de los tiempos antiguos, en muchas partes del mundo: países europeos, Israel, Egipto o Japón.  Con el tiempo, la práctica adquirió muchas significaciones religiosas cristianas. 
En Rumanía, los huevos se pintan a modo de pequeñas obras de arte en Moldavia, Sibiu, Valcea, Oltenia, pero es sin duda en Bucovina donde tienen mayor representación. 

Aquí hay algunos centros etnográficos, con características específicas, locales. Los temas utilizados para los adornos de los huevos son  diversos, utilizando símbolos diversos como el Sol, la Luna, el sendero o la cruz., combinados con  elementos de la Naturaleza y trajes tradicionales.





Para hacer los huevos de Pascua artesanales, primero se vacían y se pone un tratamiento de sal y agua. Se dejan un tiempo a remojo y se ponen a “secar”. A continuación se pintan, con un instrumento que se llama “chisita” , en varias etapas, según los colores, la intensidad deseada, los modelos, etc. Se utilizan solamente colores naturales y cera de abejas, para protegerlos y conseguir mayor brillo.
En general, éste es un trabajo realizando por las mujeres. No se utiliza ningún modelo estándar, por lo que cada huevo es el resultado de la imaginación y nunca hay dos huevos iguales.
Esta artesanía es una tradición que se perpetua de madre a hija por generaciones.'  Fuente: un-paseo-por-rumania.blogspot.com